martes, 5 de abril de 2011

PARA ESCRIBIR BIEN

Trabajo en una oficina técnica, pero la más importante de las tareas que hago, consiste en la redacción literaria. Me ocupo de las cartas, solicitudes, informes y otras cosas que necesitan escapar a las fórmulas burocráticas y exigen un lenguaje más coloquial, o más poético: con mayor altura. Si algún arquitecto o arquitecta –abundamos en ellos– me encarga una nota, no puede dejar pasar la ocasión de hacer correcciones, agregar, tachar. Me cuesta explicar que un escrito tiene una armonía que se quiebra a veces con el simple reemplazo de una palabra por su sinónimo; que existen las eufonías y las cacofonías; que no es lo mismo decir “flagrante” que “evidente”. A los técnicos parece que les resulta muy difícil entender que los idiomas se hicieron para entendernos y que cada grupúsculo especializado no puede inventar para las palabras un significado distinto del que tiene (eso me pasó también cuando tuve que redactar para economistas, para políticos y para asistentes sociales). Para eso que inventen directamente las palabras que necesiten. También tengo que pelear denodadamente para evitar escribir un presente continuo que no existe en castellano (como por ejemplo: “estoy yendo mañana”). Voy a tratar de que entiendan, haciendo una comparación con una construcción: Te pido que me diseñes una casa. Vos lo hacés poniendo todos tus conocimientos técnicos, tu buen gusto y tu amoroso esfuerzo.En el frente diseñaste una franja resaltada en el revoque. Y te digo que es muy linda pero que convendría que se refuerce colocándole hierros y que en vez de cal se utilice cemento. Vos me explicás que eso haría que tarde o temprano esa guarda se separe del revoque. Entonces acepto a regañadientes pidiendo que al menos le pongas un poco de cemento. Después me meto con la estructura y opino que, para que la viga sea más fuerte, le pongamos hierro del 16 en vez de 12. Vos tratás de hacerme entender que el cálculo se hace teniendo en cuenta la dilatación de los materiales y que poner un hierro más grueso que el que corresponde, es como ponerlo más fino: atenta contra el trabajo de las vigas. Tratás de explicarme sobre resistencia, resiliencia, composiciones químicas… Finjo aceptar, pero durante la construcción doy instrucciones a los albañiles: “Ponele un balde más de cemento”, “¡Más agua a ese pastón!”. En la terminación, hago redondear los bordes que habías proyectado con cantos vivos, y le agrego otra guarda trasversal. Inútil será que me expliques que todo hace a la armonía. Y como eso podríamos explicar la orientación de la casa, la ubicación de las ventanas, etc. La casa se hace igual pero no es la que vos habías proyectado. Yo seré el culpable si se raja o si su aspecto no es tan lindo como el que esperaba. Con un escrito pasa lo mismo. Tiene un ritmo interior que es difícil de explicar. En un buen escrito las palabras no hablan: cantan. Las modificaciones que hiciste serán las culpables de que el escrito no llegue a destino como vos querías. Dejémonos de eufemismos: Vos sos culpable.