miércoles, 2 de julio de 2008

DE CADÁVERES Y POLICÍAS

El otro día murió una vecina. Nos enteramos porque en la puerta había una ambulancia, un patrullero, la policía científica y muuuuchos curiosos.
Cuando pasaron unos días y a los vecinos les extrañó no encontrarla en la puerta hablando mal de todo el mundo (incluyendo a hijos, nietos, hermanos…), llamaron y, de acuerdo a sus deseos, la encontraron muerta.
Este episodio me hizo recordar otro que viví hace unos años.
En la casa de al lado de mi vieja, vivía una mujer de unos 40 años, con su hija de 17. Estaba medio “alterada” y continuamente decía que iba a matar a la hija y se iba a suicidar. Como a todos los que dicen eso, nadie le llevaba el apunte.
Hasta que un día, la vecina de enfrente empezó a sentir mal olor. Nosotros no, salvo el olor que solía venir del frigorífico cuando soplaba viento del sudeste. De allí saque la conclusión de que nuestros sentidos dependen más de nuestros pálpitos que de nuestros órganos.
A la semana llamó a la policía. Vinieron dos agentes en colectivo (la cosa no ameritaba un patrullero). Como es habitual en estos casos, llamaron a dos vecinos como testigos. Vinimos: Martín, que vivía a 70 metros de allí y yo. La vecina denunciante se quedó mirando detrás de la reja de su casa.
Uno de los canas anunció ceremoniosamente:
– ¡Voy a entrar! – y pegó una patada a la puerta con todas sus fuerzas.
Por suerte estábamos nosotros atrás, de lo contrario hubiera quedado colgado del cerco por el rebote.
– ¡En las películas sale bien! – protestó tibiamente.
Fui a buscar una barreta y con ella pudimos entrar. Manoteé la llave de la luz pero nada.
– ¿No tienen linterna? – pregunté.
Ante la respuesta negativa y el miedo que teníamos todos de entrar a oscuras, opte por ir a buscar una linternita que tenía en casa de mi vieja.
Con ella entramos. Yo adelante, alumbrando alternativamente distintos lugares con el pequeñito haz de luz. Detrás los dos policías y más atrás Martín silencioso y temblando.
En el pasillo opté por alumbrar hacia la izquierda, hacia uno de los dormitorios. Cruzada en la cama, con los pies sobre el piso, estaba la chica. Nos acercamos y notamos que tenía los brazos morados desde los dedos a los codos.
– Creo que aquí está la otra – gritó uno de los policías que había salido.
Efectivamente, en el otro dormitorio estaba la madre. Acostada, tapada hasta el cuello, con las frazadas muy lisitas, muy bien acomodadas. Al costado de la cama, sobre una silla, había un vaso vacío y una botella también vacía. No recuerdo de qué era la botella.
¿Hace falta que diga que las dos estaban muertas? Eso sí, no sentí ningún olor, lo que corrobora mi percepción sobre el origen de los sentidos.
Fui al medidor y, viendo que la luz había sido cortada por falta de pago, la reconecté y volví a la casa. El cana de la patada estaba revisando todo.
–No toques nada –le dije
–Estoy buscando direcciones para llamar – me contestó.
Me quedé vigilando que no se afanara nada, mientras miraba alrededor. Todo ordenado, todo absolutamente limpio. El otro llamó por esos handys que había por entonces y contó lo sucedido. El mismo comisario le dijo desde el otro lado
–No toquen nada que voy pasa allí.
Habiendo verificado que no había guita ni ninguna otra cosa pequeña para robar, me fui a mi casa. Cuando le conté a Laura, se fue para allá. Después me contó que vino una ambulancia y se llevó los cadáveres. El comisario hizo entrar a todos los vecinos, que ya se habían amontonado en los alrededores. Les mostró que todo estaba sin señales de violencia. Los vecinos miraron, tocaron, hicieron suposiciones, afirmaron haber vaticinado este desenlace se fueron. El comisario dejó al de la patada en la puerta y se fueron todos.
Nunca me llamaron a firmar nada ni se vio a nadie investigando. Martín me contó que a él le hicieron firmar un papel que ni leyó y tampoco lo llamaron más. A los pocos días vino el ex marido de la mujer y vendió la casa. Me quedé pensando que las cosas no pasan como en las películas ni como en las series de TV.
El jardinero del nuevo propietario solía decir que se notaba que el alma de las mujeres seguía en el lugar y aconsejaba llamar a un cura para bendecir la casa. Pero como el dueño no era creyente no lo hizo ¡Y así le fue!. Al poco tiempo tuvo que vender.
Ahora hay un nuevo dueño y parece que tan mal no le va. Será que los espíritus ya abandonaron la casa.

1 comentario:

Diego dijo...

Los espíritus vagantes (como les gusta que los llamen) jamás abandonan sus casas, solo congenian con los habitantes y no los molestan. Como los duendes y gnomos ¿Viste?